No es una película de sexo. Es un médico de Manhattan al que su mujer le cuenta una fantasía y se le viene el mundo abajo. Pasa dos noches por Nueva York que parecen un sueño. Es la última de Kubrick: la entregó al estudio y se murió a los seis días.
Si no la has visto, cierra esta página. Aquí se cuenta el final, la orgía y la última palabra. Si ya la viste, sigue.
Resumen
Bill Harford se cree un tío que controla su vida: es médico de gente rica y en una fiesta le sonríen dos modelos. Alice, colocada, le cuenta que en unas vacaciones vio a un oficial de marina y que por una noche con él habría dejado a Bill y a su hija. No pasó nada. A Bill le destroza igual. Se pasa dos noches buscando una aventura para desquitarse. No llega a acostarse con nadie. Entra en una mansión donde la gente más poderosa de la ciudad hace una orgía con máscaras. Lo pillan y lo echan con una amenaza. Ziegler, su paciente rico, le da una explicación que lo deja todo atado. En casa, la máscara aparece en la cama. Alice dice que lo que tienen que hacer es follar.
En 1999 mucha gente la tomó por un thriller erótico que se quedaba a medias. Warner la vendió así. Kubrick no hizo eso. Hizo una película sobre mirar y no querer ver (el título ya lo dice) y sobre un matrimonio que solo habla de verdad cuando ya se ha roto algo.
Qué pasa
Nueva York, Navidad. Bill y Alice van a una fiesta en casa de Victor Ziegler, un banquero que es paciente de Bill. Un húngaro, Sandor, intenta ligar con Alice en el baile. Dos modelos intentan ligar con Bill. Ziegler lo llama arriba: Mandy, una chica con la que estaba follando, se ha puesto ciega de coca y heroína. Bill la reanima.
Vuelven a casa, se acuestan, se fuman un porro. Alice le suelta lo del oficial. Bill acaba de decir que las mujeres no hacen esas cosas. Se queda hundido.
Lo llaman: se ha muerto un paciente. La hija del muerto, Marion, le dice que está enamorada de él, aunque se va a casar con otro. Bill se va. Sale a la calle. Unos tíos le llaman maricón. Conoce a Domino, una prostituta. Están a punto de acostarse. Llama Alice. Bill paga y se marcha. Al día siguiente se entera de que Domino tiene VIH. Si se hubiera quedado, podría haber acabado muy mal.
En un club de jazz, Nick Nightingale (un compañero de medicina que ahora toca el piano) le cuenta que tiene un trabajo privado: tocar con los ojos tapados, en una casa a la que se entra con contraseña. Bill alquila una capa y una máscara en una tienda de disfraces, Rainbow Fashions. El dueño, Milich, pilla a su hija adolescente con dos hombres japoneses. Al día siguiente, el mismo Milich se la ofrece a Bill.
Bill llega a Somerton. Hay un ritual, máscaras, un hombre con capa roja. Le piden una segunda contraseña que no tiene. Lo descubren. Una mujer enmascarada se ofrece en su lugar. Lo echan y le dicen que no cuente nada. En casa, Alice se ríe dormida. Luego le cuenta el sueño: se tiraba al oficial y a medio mundo, y se reía de Bill.
Nick desaparece. En Somerton le dejan un sobre: que no investigue más. En el periódico sale que Mandy ha muerto de sobredosis. Bill la ve en el depósito de cadáveres. Ziegler lo llama, admite que estaba en la orgía, dice que todo era teatro para asustarlo, que Nick está bien en Seattle, que Mandy era yonqui y que la puerta de su habitación estaba cerrada por dentro. Bill vuelve a casa. La máscara está en la almohada de Alice. Se viene abajo y le cuenta todo. Al día siguiente van a una juguetería con su hija. Alice dice que deberían estar agradecidos, que ningún sueño es solo un sueño, y que ahora hay que hacer una cosa. Bill pregunta qué. Ella dice: Fuck.
Hay dos fiestas y son la misma
La de Ziegler es champán, árbol de Navidad y de fondo When I Fall in Love, mientras Sandor le dice a Alice que el matrimonio es una cárcel. Arriba, una chica desnuda a punto de morirse. Abajo, Bill todavía se cree un invitado más.
Somerton es esa misma fiesta, pero sin el disfraz de Navidad. La misma gente, las mismas mujeres usadas como objetos, ahora con máscara. Bill entra porque es el médico de los ricos y porque Nick le pasó la contraseña. Cree que con eso ya está dentro. El de la capa roja le pide una segunda contraseña que no existe. Luego Ziegler se lo confirma: te pillamos en cuanto cruzaste la puerta. El sacrificio de la mujer, dice, era parte del montaje.
Fidelio es una ópera de Beethoven. En ella, una mujer se disfraza de hombre para sacar a su marido de la cárcel. En la película, la contraseña significa fidelidad… y sirve para entrar a una orgía. Kubrick no lo esconde.
En la novela la contraseña era «Dinamarca», el país del soldado del que soñaba la mujer. Kubrick la cambia a Fidelio. Quiere que oigas esa palabra cada vez que Bill hace lo contrario de lo que predica.
La orgía no está para excitarte. Kubrick la ensayó durante meses con la coreógrafa Yolande Snaith para que quedara a medias entre el porno y un rito. En Estados Unidos, Warner tapó los cuerpos con figuras digitales para que la película tuviera calificación para menores acompañados. Roger Ebert dijo que eso era hipocresía de la censura. Tiene razón: ves menos y se entiende peor. Mejor el corte sin censura.
De qué va de verdad
No va de los Illuminati. La mansión que sale (Mentmore Towers) fue de los Rothschild, y hay quien se pone a contar símbolos masónicos. La película te deja ir por ahí porque Somerton parece eso. Pero a Kubrick le importa más otra cosa: cómo te sientes cuando creías formar parte de ese mundo y te demuestran que no. La conspiración que sí está en la peli es más simple: dinero, silencio, chicas que se mueren de sobredosis y un rico que te dice que no mires. No hace falta ningún pentagrama.
Va de celos. Alice no se acostó con nadie. Eso es lo que destroza a Bill. Él sí puede imaginarse que una mujer le ofrece el cuerpo: le pasa todo el rato (las modelos, Marion, Domino, Sally). Lo que no puede imaginarse es que su mujer desee a otro. La escena del porro es de las mejores que se han rodado sobre un matrimonio. Kidman no desvía la mirada. Cruise se queda con cara de no entender nada, y eso es exactamente el personaje.
Va de clase. Bill es personal de servicio con un traje caro. Ziegler es el dueño de la casa. Un crítico, Randy Rasmussen, dice que Ziegler es la peor versión de Bill: el mismo truco que Quilty en Lolita o Grady en El resplandor. Encaja. Ziegler no es un dios secreto. Es el paciente que te llama a las tres de la mañana y espera que cierres la boca.
Y va de las mujeres que acaban pagándolo. Mandy aparece tres veces: en la cama de Ziegler, en la orgía y en el depósito. Domino tiene VIH. Marion se casa con alguien a quien no quiere. En la tienda de disfraces, Milich pasa en un día de padre enfadado a ofrecer a su propia hija. Alice es la única que dice en voz alta lo que desea y sigue viva. Bill recorre una ciudad llena de mujeres a las que casi puede comprar y con las que nunca llega a acostarse.
No te creas a Ziegler
La escena del billar está hecha para convencerte. Dura bastante. Pollack habla suave, es cínico, te llama por tu nombre. Te cuenta una historia con todos los cabos atados: era teatro, Mandy era yonqui, Nick está en Seattle, tú quédate quieto. Es la explicación que un rico le da a su médico para que se vaya a dormir.
La película lleva dos horas enseñándote a no fiarte de los tipos que hablan muy fino en salones grandes. Que Mandy reconociera a Bill con máscara no encaja. Que muera esa misma noche, tampoco. A Nick se lo llevan dos tipos; el recepcionista que interpreta Alan Cumming (hizo seis pruebas para ese papel) no parece estar mintiendo. Ziegler se contradice: no dormirías si supieras quiénes son / no fue nada, solo un susto.
Ebert preguntaba si Bill puede creerse la versión de Victor. La película no contesta. Ese es el verdadero final, no el de la juguetería. Kubrick inventa a Ziegler (en la novela de Schnitzler no existe) para que alguien te suelte la versión oficial. Tú decides si te la crees.
¿Quién pone la máscara en la almohada? Hay tres teorías: Alice, para obligarlo a hablar; la sociedad secreta, como aviso; o es el sueño de Bill y no estaba ahí. Da igual. Está en la cama. La máscara ha vuelto a su casa. Bill llora porque por fin ve su matrimonio sin la pose de «nosotros no somos así».
El último plano no es el sexo
Helena, la hija, quiere un carrito de bebé. Luego se pierde entre los peluches. Bill y Alice hablan de salvar el matrimonio en una juguetería: una tienda llena de cosas falsas. La escena se rodó en Hamleys, en Londres, haciéndose pasar por FAO Schwarz de Nueva York. Toda la película es eso: Londres fingiendo ser Nueva York. Ebert pensó que era un final feliz de manual. Al revés: los deja comprando juguetes como si nada, mientras Alice se niega a hablar de amor eterno.
«Ningún sueño es solo un sueño.» No es una frase bonita. Es el resumen. La fantasía del oficial cambió la casa. Las dos noches de Bill, aunque no se acostara con nadie, también. Alice dice que ahora están despiertos, y ojalá por mucho tiempo.
Y entonces dice fuck. No es un chiste sucio ni un «a follar y se acabó». Alice deja de hablar de amor, de para siempre y de la verdad de toda una vida, y nombra lo único que todavía pueden hacer dos personas que ya no pueden hacerse trampas. No es el sexo de Somerton. Es lo contrario. Hay quien lo lee como cinismo. Hay quien lo lee como la única promesa que les queda. Las dos lecturas valen. Kubrick se muere y te deja esa palabra.
¿Merece la pena?
Sí, y cada vez más. En 1999 parecía lenta, fría, un Cruise perdido. Ahora se ve lo que es: la historia de un hombre decente que no soporta no ser el centro. La fotografía (Larry Smith: lámparas chinas y un revelado que hace más fuertes las luces de Navidad). El vals de Shostakovich al empezar. El piano de Ligeti cada vez que algo va mal. Kidman. Pollack. El plano de la máscara en la cama, que dice más que cualquier discurso.
El segundo día se hace pesado. Hotel, tienda, mansión, depósito, billar: se nota el esquema. Las calles de Greenwich Village son un decorado de los estudios Pinewood y a veces se nota. También es a propósito (la ciudad como un sueño), pero te puede sacar de la peli. Y si ves el corte americano, con los cuerpos tapados, es como verla con la mano delante.
Cahiers du Cinéma la eligió como la mejor película del año. En Estados Unidos costó más. Habían vendido a Cruise y Kidman desnudos y lo que llegó fue un marido dando vueltas por la ciudad. Eso es la película. Los ojos abiertos, y cerrados a propósito.
Si al salir pensaste sobre todo en la orgía, mírala otra vez y fíjate en quién entra, quién sale y quién acaba pagándolo. Si pensaste en Alice, ibas bien.
Fuentes
Créditos e historia: Wikipedia. Final: SlashFilm. Ziegler y si creerle: Roger Ebert (1999). Contraseña y cambios respecto a Schnitzler: Jonathan Rosenbaum / Wikipedia. Ziegler como la peor versión de Bill: Randy Rasmussen. Críticas: RT 77%, Metacritic 69, Cahiers n.º 1 de 1999. Las fotos de esta página son originales, no de la película.